Hipertensión arterial: el enemigo silencioso

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Por: Dra. Yojana Patiño Jiménez
Médico internista

Hay enfermedades que llegan haciendo ruido. Aparecen con fiebre, con dolor intenso o con síntomas imposibles de ignorar. Nos obligan a buscar ayuda médica de inmediato. La hipertensión arterial hace exactamente lo contrario: llega en silencio, no duele, no avisa y no pide permiso.

Mientras la vida continúa con aparente normalidad, esta enfermedad va lesionando poco a poco el corazón, el cerebro, los riñones, los ojos y las arterias, hasta que, un día, la primera manifestación puede ser un infarto, un accidente cerebrovascular, una insuficiencia renal que obligue a diálisis o incluso la muerte súbita.

Por eso, la hipertensión arterial ha recibido un nombre que no es una exageración, sino una realidad médica: el asesino silencioso.

Lo más inquietante es que millones de personas viven con cifras elevadas de presión arterial sin saberlo. Muchas descubren que son hipertensas después de haber sufrido una complicación que pudo haberse evitado.

Como médico internista, veo con frecuencia pacientes que llegan diciendo: «Doctora, yo nunca me sentía enfermo». Y es cierto. La hipertensión no necesita producir síntomas para hacer daño. Esa es, precisamente, su mayor peligrosidad. La ausencia de molestias no significa ausencia de enfermedad.

Imaginemos una tubería por la que circula agua a una presión mucho mayor de la que fue diseñada para soportar. Al principio parece funcionar normalmente.

Sin embargo, con el paso del tiempo, las paredes comienzan a deteriorarse hasta que finalmente aparecen las fugas o las rupturas.

Algo muy parecido ocurre dentro de nuestro organismo. Cada latido impulsa la sangre contra las paredes de las arterias. Cuando esa presión permanece elevada durante meses o años, los vasos sanguíneos empiezan a endurecerse, perder elasticidad y lesionarse. Es un proceso lento, silencioso y acumulativo.

El corazón debe hacer un esfuerzo mayor para bombear la sangre. Con el tiempo aumenta de tamaño, se vuelve menos eficiente y puede aparecer insuficiencia cardíaca.

Los riñones, encargados de filtrar la sangre durante las veinticuatro horas del día, comienzan a perder su capacidad hasta desarrollar enfermedad renal crónica.

En el cerebro aumenta considerablemente el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular, una de las principales causas de discapacidad y muerte en el mundo.

Los ojos tampoco escapan a este daño: la hipertensión puede afectar la retina y comprometer progresivamente la visión.

Lo más preocupante es que muchas de estas complicaciones son irreversibles.

La buena noticia es que la hipertensión puede detectarse con un procedimiento que tarda menos de un minuto: medir correctamente la presión arterial.

Sin embargo, medir la presión una sola vez no es suficiente. El diagnóstico debe realizarse mediante varias mediciones en condiciones adecuadas y, cuando sea necesario, con monitoreo ambulatorio o registros domiciliarios, siempre bajo orientación médica.

¿Por qué aparece la hipertensión arterial?
No existe una única respuesta. La edad influye, pero no es la única responsable. También intervienen la herencia familiar, el exceso de peso, el sedentarismo, el consumo elevado de sal, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, el estrés crónico, la falta de sueño y enfermedades como la diabetes o la enfermedad renal.

Ya no es una enfermedad exclusiva de los adultos mayores. Cada vez vemos más personas jóvenes con cifras elevadas de presión arterial, muchas de ellas sin saber que la padecen.

Frente a esta realidad, la prevención sigue siendo nuestra mejor herramienta.
Mantener un peso saludable, realizar actividad física de forma regular, disminuir el consumo de sal y de alimentos ultraprocesados, aumentar el consumo de frutas y verduras, evitar el cigarrillo, moderar el consumo de alcohol, dormir adecuadamente y aprender a manejar el estrés son medidas respaldadas por una sólida evidencia científica.

Cuando estos cambios no son suficientes, existen medicamentos altamente efectivos y seguros que han demostrado reducir el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca y enfermedad renal.

Pero estos tratamientos solo funcionan si el paciente los toma de manera constante.
Uno de los errores más frecuentes es suspender el medicamento porque la presión «ya está normal».

En realidad, la presión está controlada precisamente gracias al tratamiento. Abandonarlo sin indicación médica permite que la enfermedad continúe avanzando silenciosamente.

Controlar la hipertensión no significa únicamente alcanzar una cifra adecuada en el tensiómetro.

Significa proteger el corazón durante los próximos veinte años. Significa preservar la memoria, evitar una discapacidad, conservar la función de los riñones y ganar años de vida con calidad.

Pero, para vencer a un enemigo, primero hay que conocerlo.
Por eso, hoy quiero hacer una invitación muy sencilla.

Si hace meses, o incluso años, no conoce cuál es su presión arterial, busque unos minutos para medirla.

Invite también a sus padres, a sus abuelos, a sus hermanos y a quienes más quiere.

Tal vez ese gesto, aparentemente insignificante, sea el que les permita seguir compartiendo muchos años más de vida.

Porque la hipertensión no duele.
Pero sus consecuencias pueden cambiar una vida para siempre.

Y cuando se trata de cuidar el corazón, el cerebro, los riñones y la familia, un minuto dedicado a conocer nuestra presión arterial puede convertirse en la mejor inversión en salud que hagamos.


«La mejor medicina sigue siendo aquella que evita que la enfermedad aparezca».