Oposición sí, pero para construir: Colombia necesita control político, no incendiar las calles

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La oposición política es necesaria en una democracia. Pero oponerse a un gobierno no significa oponerse al país ni convertir cada decisión oficial en una oportunidad para profundizar la confrontación.

El llamado de la senadora Alejandra Omaña a que la oposición salga a las calles vuelve a poner sobre la mesa un debate que Colombia necesita asumir con seriedad: ¿qué debe hacer realmente la oposición frente a un gobierno que acaba de comenzar?

La respuesta no debería reducirse a convocar movilizaciones, protestas o enfrentamientos políticos. Una oposición responsable tiene una tarea mucho más exigente: vigilar, cuestionar, proponer y, cuando sea necesario, denunciar, pero también aportar soluciones a los problemas que afectan a los colombianos.

“Nos estamos demorando en salir a las calles”, afirmó la congresista.

La frase puede generar respaldo entre quienes consideran que la movilización ciudadana es una herramienta legítima de la democracia, pero también merece una reflexión: ¿salir a las calles para qué?

Protestar es un derecho. La movilización social hace parte de una democracia saludable. Pero una cosa es ejercer ese derecho para reclamar soluciones, defender derechos o exigir transparencia, y otra muy diferente es convertir la protesta en el principal instrumento de una oposición que aún no demuestra cuál será su aporte para sacar al país adelante.

La oposición no debe ser oposición al pueblo
En una democracia, la oposición tiene un propósito fundamental: hacer contrapeso al poder.

Eso significa revisar las decisiones del Gobierno, cuestionar sus políticas, denunciar posibles irregularidades, exigir resultados y presentar alternativas.

Pero oposición no debería significar hacerle oposición a todo.

Colombia atraviesa dificultades profundas en materia económica, social, de seguridad, infraestructura, empleo y servicios públicos.

Millones de ciudadanos esperan respuestas y soluciones. En ese escenario, el país necesita dirigentes que estén a la altura de los problemas, independientemente de si están en el Gobierno o en la oposición.

Si un sector político considera equivocada una política económica, debería explicar por qué y presentar una alternativa.

Si considera insuficiente una estrategia de seguridad, debería señalar sus fallas y proponer otra.

Si cuestiona una reforma, debería explicar sus consecuencias y presentar una propuesta distinta.

Eso también es hacer oposición.

El país necesita propuestas, no solamente consignas

Resulta legítimo que los sectores políticos quieran ser escuchados y que reclamen espacios de participación.

También es válido que ejerzan control sobre el Gobierno y defiendan sus propias propuestas económicas y sociales.

Pero esa participación debe traducirse en resultados.

Colombia no puede darse el lujo de que la discusión política se limite a quién tiene la mejor capacidad para movilizar personas, generar tendencias en redes sociales o convertir una crisis en una oportunidad electoral.

El verdadero liderazgo político se demuestra cuando existen soluciones sobre la mesa.

Y allí está uno de los grandes desafíos de la oposición: demostrarle al país que puede ser una alternativa de poder, pero también una alternativa de ideas.

¿Y qué pasa cuando el país enfrenta una emergencia?
Hay preguntas que tampoco deberían quedar atrapadas en la polarización.
Por ejemplo, frente a los incendios forestales que han afectado diferentes regiones del país, la discusión debería centrarse en establecer sus causas, determinar responsabilidades cuando existan y exigir una respuesta efectiva de las autoridades.

Si existen indicios de que algunos incendios fueron provocados deliberadamente, corresponde a las autoridades investigar y establecer responsabilidades con pruebas. .No basta con utilizar una tragedia para atacar al adversario político.

“Incendiar el país” no puede convertirse en una estrategia política
Colombia recuerda expresiones y momentos en los que la confrontación política y social alcanzó niveles preocupantes. También recuerda el debate alrededor de la idea de “incendiar el país”, una frase que quedó instalada en la memoria política nacional.

Hoy, independientemente de quién la haya pronunciado o del contexto en el que se haya utilizado, la sociedad debería preguntarse si realmente quiere volver a una política en la que la confrontación termine siendo más importante que las soluciones.

Una cosa es movilizar al pueblo para reclamar sus derechos y otra muy distinta es utilizar al pueblo como instrumento de una disputa por el poder.

La protesta pacífica debe ser protegida. La crítica debe ser respetada. La oposición debe tener garantías.

Pero también debe existir responsabilidad.

Colombia necesita una oposición que construya
El Gobierno tiene la obligación de gobernar para todos, incluyendo a quienes no votaron por él. Y la oposición tiene la obligación democrática de ejercer control, representar a quienes piensan diferente y construir alternativas.

No se trata de darle un cheque en blanco al Gobierno.

Tampoco de exigirle a la oposición silencio.
Se trata de entender que gobierno y oposición tienen responsabilidades diferentes, pero ambos le deben algo al mismo país.

La oposición puede salir a las calles cuando considere que es necesario. Puede protestar, convocar, denunciar y exigir.

Pero también debe sentarse a trabajar.
Debe presentar propuestas.
Debe ayudar a encontrar soluciones.
Debe ejercer un control político serio y responsable.

Porque oponerse a un gobierno no significa oponerse a Colombia.

Mientras la política continúe entendida únicamente como una lucha por obtener el mayor beneficio electoral, aprovechando cada dificultad del país para golpear al adversario, será muy difícil superar las crisis que afectan a nuestra sociedad.

Colombia necesita menos políticos pensando en cómo ganar la próxima elección y más dirigentes pensando en cómo sacar adelante al país.

La verdadera oposición no es la que más grita.
Es la que controla al poder, denuncia cuando debe denunciar, propone cuando tiene alternativas y trabaja, incluso desde la diferencia, por el bienestar de la gente.