Tres mil pesos de felicidad
Por Maira Alejandra Martínez Castellar
Hay recuerdos de la infancia que uno guarda sin saber que algún día los va a mirar con otros ojos. De niña no entendía muchas cosas; hoy, cuando me toca criar a mi hija, empiezo a comprenderlas.
Los sábados, mi hermano y yo teníamos planes diferentes. A él lo dejaban en la 24, en casa de mi abuela, para jugar fútbol en la calle. A mí, en cambio, mi mamá me vestía con mi traje o mi braga de jean, me arreglaba el cabello y me llevaba con ella a cumplir su jornada. Yo la acompañaba de un lado a otro, pero tenía una motivación: a las tres de la tarde pasaban por La Castellana las Paletas de Manga, en su cava blanca de icopor, impecable, como si llevara un lujo por dentro.
Eran unas paletas redondas, gruesas, de crema de arequipe, color café con leche. Costaban tres mil pesos. En los años noventa, aquello era un lujo, por lo menos para nosotros. Mi mamá apartaba ese dinero para darme el gusto. Yo no sabía cuánto trabajo había detrás de esos tres mil pesos ni cuántas cosas tendría que dejar para después para poder guardarlos. Solo sabía que, después de acompañarla todo el día, tendría mi paleta. Y eso me hacía feliz.
Una vez al mes, o quizás con menos frecuencia, también íbamos donde Edwin a comer RROPE, como llamábamos al perro caliente, dicho al revés. ¡Ay, aquellos rropes! Con su montaña de queso rallado y cebolla roja. No necesitábamos salir cada fin de semana. Cuando llegaba el día, lo disfrutábamos como si no existiera un plan mejor.
En aquella época tampoco había celulares para entretenernos. Mi mamá nos ponía horarios para ver televisión y, durante la semana, no estaba permitido verla. Sin embargo, no recuerdo que eso nos hiciera falta.
Los fines de semana madrugaba a las seis de la mañana para ver Bananas en pijama por Señal Colombia, casi sin volumen, porque era muy temprano y no podía hacer ruido. Teníamos un televisor de botones, de esos en los que uno cambiaba los canales con la mano. Después llegaron Tom y Jerry, El Chavo y, años más tarde, Caracol y el Club 10. Cada programa tenía su momento y uno lo esperaba con ilusión.
Al llegar del colegio, almorzábamos y enseguida nos sentábamos a hacer las tareas. No teníamos tareas dirigidas. Mi mamá se sentaba con nosotros y era experta haciendo árboles con colores. Nos ayudaba con los trabajos del sistema digestivo, los planetas y todo lo que nos mandaran. En esos tiempos, hasta el cartón paja era caro, así que algunas veces nos tocaba resolver con cartulina corriente. Y allí estaba ella, ayudándonos a sacar adelante nuestras actividades.
Hoy miro a Paz y veo cuánto han cambiado las cosas. Ella tiene tareas dirigidas, le cuesta pasar un día sin ver televisión y usa el celular que le presta mi mamá. Sí, mi mamá: la misma que a nosotros nos ponía horarios para ver televisión. ¡Quién lo diría! La vida también tiene esas ironías bonitas.
Entiendo que los tiempos cambian y que los niños de hoy crecen en un mundo distinto. Pero hay algo que tengo claro: por ahora no le voy a comprar un celular a mi hija. No porque la tecnología sea mala, sino porque quiero que también aprenda a disfrutar otras cosas, a entretenerse sin una pantalla y a descubrir que no necesita tenerlo todo para ser feliz.
A mí no me pasó nada por crecer sin celular, por tener horarios para ver televisión, por hacer las tareas en casa con mi mamá o por esperar hasta las tres de la tarde una paleta de arequipe. Al contrario, hoy esos recuerdos son algunos de mis tesoros más grandes.
Y ahora que soy adulta, vuelvo a imaginar a mi mamá sacando de su carterita negra los tres mil pesos de mi paleta. Yo sabía que ese era mi gusto y que no tenía derecho a nada más. Y es que, en ese momento, no necesitaba nada más. Era feliz.
Quizás esa sea la diferencia que a veces olvidamos: una cosa es procurar que a nuestros hijos no les falte nada y otra muy distinta es enseñarles a valorar lo que tienen. La felicidad no siempre está en comprarles más, en darles todo enseguida o en evitarles cualquier espera. A veces está en poner límites, sentarse a hacer una tarea con ellos, compartir una tarde sin pantallas o enseñarles a esperar algo que desean.
Mi mamá no tenía que darme mucho para hacerme feliz. Le bastaban tres mil pesos, una carterita negra y una niña que esperaba con ilusión las tres de la tarde.
Hoy quiero darle lo mejor a mi hija, como seguramente mi mamá quiso darnos lo mejor a nosotros. Pero espero no olvidar que también es mi responsabilidad enseñarle a valorar, a esperar y a encontrar alegría en las cosas sencillas.
Porque criar no es solamente darles a nuestros hijos lo que nosotros no tuvimos. También es enseñarles a reconocer el valor de esas pequeñas cosas que, con los años, terminan convirtiéndose en los recuerdos más preciados.
Yo me quedo con mi infancia, con esa que hoy recuerdo con tanta gratitud; con la carterita negra, las paletas de las tres de la tarde, los rropes de Edwin y las tardes de tareas junto a mi mamá. Me quedo con el recuerdo de una mujer que, todavía hoy, tiene la capacidad de hacerme sentir especial.
Y estoy segura de que Juanki, mi hermano, y yo vinimos a este mundo ganados. Porque tenemos una mamá que, a su manera y con lo que tenía, supo regalarnos una infancia que todavía nos hace felices.
Y pensar que todo empezó con tres mil pesos.


