Bazurto: el corazón económico de Cartagena atrapado en el caos de su propia movilidad
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Decir que el mercado de Mercado de Bazurto es el gran dinamizador de la economía local no es una exageración: es una verdad incómoda que muchos prefieren matizar, pero que se impone en la realidad cotidiana de la ciudad.

Desde la madrugada hasta entrada la noche, este punto neurálgico mueve toneladas de alimentos, genera miles de empleos directos e indirectos y sostiene buena parte del abastecimiento de Cartagena. Sin Bazurto, la ciudad simplemente no funciona igual.


Sin embargo, ese mismo corazón económico late en medio de un desorden que amenaza con colapsarlo.
La crisis de movilidad en Bazurto no es un fenómeno estacional ni una consecuencia aislada de temporadas altas como la Semana Santa. Es, por el contrario, una constante estructural. El caos vial, la ocupación indebida del espacio público, la informalidad desbordada y la falta de control han configurado un escenario donde la norma es la anarquía y el orden, la excepción.
Y aquí hay que decirlo sin rodeos: la responsabilidad es compartida.
Conductores que detienen sus vehículos en plena vía —sobre la Avenida Pedro de Heredia o la Avenida del Lago— como si estuvieran en la comodidad de su hogar; motociclistas que invaden cualquier espacio disponible; peatones que transitan entre carros sin condiciones mínimas de seguridad; comerciantes que han expandido sus puestos más allá de los límites permitidos. Todos, en mayor o menor medida, han contribuido a la degradación de la movilidad en este sector clave.
Pero sería simplista reducir el problema al comportamiento ciudadano. Lo que hoy ocurre en Bazurto es también el resultado de décadas de ausencia institucional efectiva. Desde el traslado del mercado a su ubicación actual, lo que ha faltado no es diagnóstico, sino continuidad en la planificación, rigor en la organización y firmeza en el control.
Se han intentado intervenciones, sí, pero han sido fragmentadas, temporales y, en muchos casos, insuficientes frente al crecimiento acelerado del sector.
Bazurto de hoy no es el de hace 20 años. Es más grande, más complejo y más determinante para la economía local. Pero ese crecimiento no ha sido acompañado por una evolución en su gestión urbana. El resultado es evidente: zonas que antes funcionaban como parqueaderos desaparecieron; espacios peatonales fueron ocupados por estructuras improvisadas —los conocidos “cambuches”— que con el tiempo se consolidaron como locales permanentes; redes de servicios públicos se extendieron sin una planificación integral.
En materia de movilidad, el panorama es aún más crítico. La falta de cultura vial y la inexistencia de controles sostenidos han convertido las principales arterias que rodean el mercado en puntos permanentes de congestión. Lo que debería ser un flujo constante de abastecimiento y distribución se transforma, día tras día, en un cuello de botella que afecta no solo a Bazurto, sino a buena parte de Cartagena.
Frente a este escenario, surge de manera recurrente la propuesta de trasladar el mercado. Una idea que, aunque atractiva en el papel, merece ser analizada con cautela. Mover Bazurto no garantiza la solución del problema. Si las prácticas actuales —desorden, informalidad, falta de control— se replican en un nuevo espacio, lo único que se estaría haciendo es trasladar el caos de lugar. Y en pocos años, la ciudad podría enfrentarse al mismo dilema, quizás en zonas como Bayunca u otros sectores en expansión.
Además, el impacto social de un traslado no es menor. Miles de comerciantes, trabajadores y ciudadanos dependen de la ubicación actual por razones de accesibilidad y cercanía. Llevar el mercado a zonas periféricas implicaría costos económicos y logísticos significativos, especialmente para las poblaciones más vulnerables.
Por eso, la discusión de fondo no debería centrarse únicamente en dónde ubicar Bazurto, sino en cómo gestionarlo.
Cartagena necesita asumir, de una vez por todas, un proceso serio de reorganización del mercado. Esto implica decisiones difíciles: recuperación del espacio público, redefinición de zonas de carga y descarga, implementación de controles efectivos de tránsito, formalización progresiva del comercio y creación de infraestructura adecuada para peatones y vehículos. No se trata de intervenir de manera momentánea, sino de sostener en el tiempo una política integral.
El reto también es cultural.
Durante años, el desorden se ha normalizado, en parte impulsado por fenómenos como el desempleo, que empujaron a miles de personas a buscar sustento en la informalidad. Pero normalizar el caos no puede seguir siendo una opción. La corresponsabilidad ciudadana será clave para cualquier proceso de transformación.
Mirando hacia el futuro, Bazurto tiene el potencial de convertirse en mucho más que un mercado funcional. Puede ser un referente turístico, gastronómico y cultural de la ciudad, un espacio donde convivan el comercio tradicional, la seguridad, el orden y hasta la sostenibilidad ambiental. Un mercado digno de Cartagena, visitado tanto por locales como por turistas, donde la experiencia no esté marcada por el caos, sino por la autenticidad y la organización.
Lograrlo requiere inversión, voluntad política y compromiso ciudadano. Sí, es costoso. Pero probablemente sea más viable —y justo— que desarraigar toda una historia económica y social para trasladarla a otro lugar sin garantías de éxito.
Bazurto no es el problema. El problema es cómo lo hemos dejado crecer.
Y la solución no está en huir de él, sino en asumir, con seriedad y visión de futuro, el desafío de ordenarlo.




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