Colombia, una caldera a punto de explotar
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Por Qué susto Colombia
Lo ocurrido este sábado 7 de junio no es un hecho aislado ni un accidente del destino. Es, más bien, una prueba contundente de la profunda y rancia polarización que atraviesa a Colombia desde hace décadas. Un país que parece caminar con paso firme hacia el abismo, alimentado por odios, cegado por ideologías y manipulado por una clase política que, lejos de sanar, insiste en dividir.
Este nuevo ataque –como tantos otros que no ocupan las portadas ni abren los noticieros– evidencia el fracaso moral de quienes han gobernado y gobiernan. Muestra una vez más que los intereses personales y partidistas pesan más que la vida misma. Y cuando se intenta acabar con una vida, no se está eliminando a la derecha ni a la izquierda: se está asesinando al pueblo, a ese mismo pueblo que un día, con esperanza, gritó “no más” a la violencia que desde hace más de medio siglo nos desangra.
Lo más preocupante es ver cómo sectores de la ciudadanía, desde la comodidad de las redes sociales, celebran el atentado de un colombiano contra otro colombiano. Como si el dolor ajeno fuera combustible para una venganza ideológica. Esa alegría morbosa no es más que el reflejo de una sociedad herida, que ha perdido el rumbo y los valores que un día nos enseñaron en casa: respeto, empatía, humanidad.
Nos estamos destruyendo entre hermanos, enfrentados no por ideales elevados, sino por colores políticos, por liderazgos que han demostrado una y otra vez que lo suyo no es el bien común, sino el poder a cualquier costo. Y los mismos que deberían guiarnos, educarnos, pacificarnos, son los que protagonizan escándalos, roban con descaro y sumen al país en la desesperanza.
Es hora de parar. Colombia necesita una pausa urgente. No para rendirse, sino para sanar. Para reflexionar, para mirar a los ojos al otro sin verlo como enemigo. Para dejar de jugar a ser dioses, cuando ni siquiera hemos aprendido a ser humanos. El odio que sembramos hoy está germinando en nuestros hijos, y el precio a pagar será altísimo si no cambiamos el rumbo.
¿Hacia dónde vamos como nación si seguimos así? ¿Qué futuro les espera a las nuevas generaciones en un país donde el odio pesa más que el amor a la patria? Colombia tiene todo para ser un país próspero, justo y en paz. Pero ese milagro no vendrá desde un decreto, ni de un caudillo, ni de un eslogan de campaña. Vendrá desde el corazón de cada colombiano dispuesto a reconciliarse, a escuchar, a construir.
La historia no la escriben los que odian, sino los que tienen el coraje de amar en medio del caos. Que esa sea la nueva revolución: la del perdón, la del respeto, la de un pueblo que se niega a vivir arrodillado al miedo y al rencor.




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