Entre la ley y la casa: ¿quién educa a nuestros hijos digitales?
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En medio de una creciente preocupación global por el impacto de las redes sociales en niños y adolescentes, el senador Enrique Cabrales ha vuelto a poner sobre la mesa un debate necesario: ¿hasta dónde debe llegar el Estado en la regulación del mundo digital y dónde comienza la responsabilidad de los padres?

El anuncio de un nuevo Proyecto de Ley que busca prohibir el uso de redes sociales en menores de 14 años surge tras un hecho que ha sacudido la opinión pública internacional: un juicio en Estados Unidos que declaró responsables a gigantes tecnológicos como Meta y YouTube por generar adicción en menores.
La decisión abre un precedente importante y plantea interrogantes sobre el papel de estas plataformas en la salud mental de las nuevas generaciones.
Sin embargo, más allá de la discusión jurídica y legislativa, hay una pregunta incómoda que no podemos evadir: ¿en qué momento los padres cedimos el control?
Hoy es común ver a niños con acceso ilimitado a dispositivos móviles, navegando sin supervisión en redes sociales diseñadas, incluso, para audiencias adultas.
Pero también es cierto que, en muchos casos, son los propios adultos quienes facilitan ese acceso.
El celular se ha convertido en niñera, en distractor, en solución rápida para el silencio en casa. Y en esa dinámica, la autoridad parental se diluye.
La iniciativa del senador Cabrales puede ser bien intencionada. Proteger la salud mental de los menores es, sin duda, un objetivo loable.
Pero pretender que una ley sustituya el rol formador de la familia es, cuando menos, insuficiente.
Las normas son necesarias, sí, pero no pueden convertirse en el único muro de contención frente a una problemática que nace, en gran medida, dentro del hogar.
Regular el acceso a redes sociales no es una tarea imposible. Implica establecer límites, acompañar, dialogar y, sobre todo, asumir el rol de guía en un entorno digital que evoluciona a gran velocidad.
Ser padre o madre hoy exige más que nunca presencia y criterio.
De seguir trasladando esta responsabilidad al Estado, corremos el riesgo de normalizar la ausencia de autoridad en casa.
Y entonces sí, las leyes terminarán criando a nuestros hijos.
Porque al final, la verdadera pregunta no es si se debe prohibir o no el acceso a redes sociales, sino si estamos dispuestos a asumir, como sociedad y como familia, el compromiso de educar en medio de la era digital.




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