¿Hasta cuándo el sufrimiento auriverde?
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Por Juan Martín Sánchez Gómez
¿Qué más se espera para traer un mejor equipo a Cartagena?
Comienzo por decir que las actuaciones de los directivos y de los jugadores del Real Cartagena han provocado que muchos, como yo, dejen a un lado ese amor profundo por la auriverde. Ese sentimiento que parecía inquebrantable ha sido golpeado una y otra vez por decisiones erradas, proyectos fallidos y una desconexión evidente con la hinchada. Esto me llevó, hace algún tiempo, a reflexionar por qué nunca se ha tomado una decisión verdaderamente radical frente al futuro del equipo.
Y quizá la respuesta está en algo que todos sabemos, pero pocos admiten en voz alta: el Real Cartagena se convirtió en el equipo del alma, del corazón, de las calles y de los barrios de la Heroica. Es parte de nuestra identidad, un símbolo emocional que trasciende lo deportivo. Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿hasta cuándo debe durar este sufrimiento? ¿Estamos condenados a vivir por la eternidad en la B?
Lo cierto es que desde 2012, año en el que el equipo descendió, la institución no ha logrado llegar a una sola final del Torneo de Ascenso. Trece largos años de frustraciones, promesas rotas y temporadas que comienzan con ilusión y terminan en la misma resignación de siempre. Durante ese tiempo, los proyectos que se presentaron como la solución definitiva tampoco funcionaron. Tres intentos —2019, 2024 y 2025— en los que se apostó por figuras costosas y nóminas aparentemente competitivas, terminaron siendo espejismos que nunca consolidaron la ruta hacia la A.
Es evidente que existen intereses particulares que históricamente han impedido que el equipo llegue a la élite del fútbol colombiano. Intereses que pesan más que el sueño de una ciudad entera. Y frente a ese panorama, aparecen otros interrogantes que quizá antes parecían impensables.
¿Será posible cambiar de equipo? ¿Podría algún club de la A convertirse en el hijo adoptivo de Cartagena? No se trata solo de traer la imagen de un buen equipo: es lograr que quien llegue sienta el peso, el honor y la responsabilidad de representar a una de las ciudades más emblemáticas del país.
¿Se ha contemplado la opción de romper todos los acuerdos con el Real Cartagena y abrirle la puerta a un nuevo proyecto deportivo, uno que sí se comprometa verdaderamente a traer alegrías, crecimiento y, sobre todo, resultados? La ciudad tiene el derecho —y la necesidad— de soñar con un equipo competitivo que nos devuelva la ilusión de ascender y de mantenernos en el lugar que merecemos.
A la par, también debemos pensar en algo fundamental: la cantera. Cartagena siempre ha sido cuna de talento. Muchachos que nacen, crecen y juegan al fútbol con una pasión que desborda cualquier tribuna. Jóvenes que han llegado a vestir la camiseta de la Selección Colombia y que son prueba viva de que aquí, en esta tierra caliente y orgullosa, hay materia prima de sobra. Si algo tienen claro quienes conocen los procesos deportivos es que la reconstrucción debe hacerse desde los cimientos: formación, estructura y un cuerpo técnico joven, preparado y con visión. Fórmulas hay, lo que ha faltado es voluntad y coherencia.
Cuando dejemos de lado los intereses personales y cambiemos el chip sobre lo que realmente nos conviene como ciudad, entonces sí veremos llegar los buenos tiempos. Veremos a un equipo que nos represente con dignidad, que nos haga entrar al Jaime Morón con orgullo y salir con victorias que nos impulsen a la A y nos permitan quedarnos allí, en el sitial que Cartagena merece.
Ya se le dio demasiada oportunidad al Real Cartagena, y sus directivos nunca la aprovecharon. Por el contrario, pareciera que se burlaron de una hinchada fiel, histórica y consagrada. Tal vez es hora de dar un giro definitivo. Tal vez es hora de apostar por algo más grande, más serio y más respetuoso con el amor que esta ciudad le tiene al fútbol.




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