La muerte ronda y nadie la detiene

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Este fin de semana, cinco personas fueron asesinadas en distintos barrios de la ciudad. Jóvenes, en su mayoría.

Lo más grave es que esta ola de violencia no es nueva. La Heroica viene enfrentando una creciente inseguridad. La ciudadanía lo sabe, lo vive, lo padece. Pero del lado de las autoridades no hay una respuesta estructurada, y desde el gobierno nacional parece no existir el apoyo necesario.
La violencia se acumula, las cifras aumentan, y el silencio institucional se hace cómplice.

Sí, algunos de los que mueren han escogido caminos que los acercan a ese final. Pero eso no exime a las autoridades de su deber de proteger la vida y garantizar seguridad en cada calle, cada barrio, cada avenida. La sangre no puede seguir corriendo sin que haya consecuencias, sin que se activen respuestas contundentes.

Muchos se preguntan por el famoso Plan Titán. ¿Sigue vigente? ¿Fue desechado? Si existe, no se nota. Su mención es cada vez más escasa, incluso por parte de la propia Policía. Parece que lo enterraron en el olvido, sin resultados visibles ni explicaciones públicas. Mientras tanto, se usan drones para sancionar mototaxistas y capturar infractores de tránsito. ¿Pero por qué no se usa esa misma tecnología para combatir el sicariato? ¿Por qué la inteligencia policial no se activa como antes?

Recordamos épocas en que los grupos de inteligencia salían a las calles, recolectaban información, prevenían crímenes. Esa herramienta, bien vigilada para evitar corrupción interna, debe volver. Así como también debe regresar la Policía Comunitaria, una figura humana cercana, que en el pasado logró resultados tangibles. ¿Por qué no volver a lo que funcionó, ahora complementado con tecnología moderna?

Otra pregunta clave: ¿dónde están los recursos? ¿Dónde están las motos, radios, vehículos, celulares y demás equipos que gobiernos locales y nacionales anuncian como inversión en seguridad? La ciudadanía merece saberlo. Merece transparencia y resultados, no solo discursos.

Cartagena está recuperando su esplendor turístico. Vienen miles de visitantes, atraídos por el mar, la historia, la belleza de sus calles coloniales. Pero ese auge no puede sostenerse si no se garantiza lo más básico: la seguridad. Ni los cartageneros ni los turistas pueden vivir con miedo.

La guerra entre bandas criminales no debe afectar a la ciudadanía de bien. Esa es la línea que el Estado debe trazar con claridad. Y es ahí donde debe actuar con toda su fuerza y capacidad.

Este no es solo un llamado. Es un grito ciudadano que exige lo que por derecho le corresponde: vivir sin miedo, caminar sin riesgo, soñar sin amenaza.