¿Estallido social o amenaza política?

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Jesús Chávez (Chucho)
El gen Caribe

Mira esa vaina. El presidente del SUDEB en Bolívar, que más de uno dice que hace rato no pisa un salón de clases, sale a decir que si no gana su candidato entonces viene el “Plan B”.

Y uno se queda pensando.

Porque una cosa es defender una candidatura, hacer campaña, recorrer barrios y convencer electores.

Pero otra muy distinta es hablar de estallidos sociales como si fueran parte normal del libreto democrático.

Las declaraciones fueron claras:

“El plan A es la victoria popular, y el plan B ante una eventual que no sea victoria estaremos preparando la mayor oposición y lucha popular como el pueblo boliviano, como el pueblo chileno y el pueblo hondureño; es la reacción natural o el estallido social”.

No profesor. Bueno, profesor no porque me dicen que hace décadas no da clases.

No señor.

Porque en democracia el Plan B no puede ser el estallido social.

El Plan B debe ser aceptar los resultados, ejercer oposición, defender las ideas y prepararse para la próxima elección.

Y aquí es donde la cosa deja de ser una simple declaración política para convertirse en un asunto que merece toda la atención de las autoridades.

Porque cuando alguien afirma públicamente que si no gana su candidato el “Plan B” será preparar la mayor oposición, la lucha popular y habla de un eventual estallido social, surge una pregunta inevitable:

¿Por qué un resultado electoral adverso tendría que desembocar en una confrontación social?

Lo preocupante es que estas palabras no las pronuncia un ciudadano cualquiera en una conversación de esquina. Las pronuncia un dirigente sindical con capacidad de convocatoria e influencia sobre distintos sectores de la sociedad.

Por eso resulta legítimo que muchos ciudadanos se pregunten si este tipo de mensajes terminan alimentando un clima de tensión innecesario alrededor de las elecciones.

A mi parecer, declaraciones de este tipo deberían ser aclaradas de manera inmediata, porque nadie puede interpretar una derrota electoral como una autorización para promover escenarios de confrontación.

Las urnas hablan y la democracia exige respeto por el resultado, gane quien gane.

Y aquí viene otro asunto que tampoco puede pasarse por alto.

Mientras miles de docentes madrugan todos los días para enseñar en condiciones difíciles, muchos ciudadanos se preguntan hace cuánto tiempo algunos dirigentes sindicales dejaron las aulas para dedicarse exclusivamente a la actividad política.

Y entonces surge otra pregunta legítima:

¿Quién paga ese salario?

Porque si se habla de derechos, también hay que hablar de responsabilidades.

A mí me preocupa que una persona que debería estar enviando mensajes de convivencia y respeto institucional aparezca anunciando que, si no gana su candidato, al día siguiente podría venir una etapa de agitación social.

Eso no fortalece la democracia.

Eso la tensiona.

Y aclaro algo para que después no digan que estoy inventando películas.

No estoy afirmando que alguien esté organizando actos violentos.

No tengo cómo decir eso.

Lo que sí digo es que declaraciones como estas generan preocupación y abren interrogantes legítimos sobre el mensaje que se está enviando a la ciudadanía.

Porque si el Plan A es ganar y el Plan B es el estallido social, entonces el problema no es la democracia.

El problema es que algunos parecen creer en ella únicamente cuando ganan.

Y Bolívar necesita muchas cosas.

Más escuelas funcionando.

Más oportunidades.

Más empleo.

Más seguridad.

Pero definitivamente necesita menos discursos que parezcan amenazas disfrazadas de análisis político.

Porque las ciudades progresan con votos.

No con advertencias.

Y las diferencias se resuelven en las urnas.

No en las calles.