¡La distopía de un mundo sin petróleo!
Por Amylkar D. Acosta M.
El auge de la industria petrolera estuvo precedido por la primera Revolución Industrial, impulsada por la máquina de vapor y el carbón.
Posteriormente, la invención y expansión del motor de combustión interna abrieron paso al petróleo, que adquirió un protagonismo creciente sin que ello significara la desaparición del carbón. Desde entonces, la historia de la energía ha estado marcada por transformaciones y por la coexistencia de distintas fuentes energéticas.
Conviene recordarlo ahora, cuando se plantea con frecuencia la posibilidad de prescindir del petróleo y del gas natural en un futuro cercano, como si bastara con anunciarlo para hacerlo realidad.
Aunque esta aspiración responda a un legítimo propósito ambiental, desconoce las realidades tecnológicas, industriales y económicas que sostienen la vida contemporánea.
Es iluso creer que podemos abandonar prematuramente el petróleo y voluntarista pretender que una decisión política puede reemplazar alternativas que todavía no están disponibles a la escala necesaria.
En el sector de la salud, sus derivados intervienen en la fabricación de medicamentos, jeringas, guantes quirúrgicos, prótesis, dispositivos de diagnóstico y otros elementos indispensables para la atención de los pacientes.
Incluso compuestos utilizados en la elaboración de analgésicos y antiinflamatorios, como el paracetamol, el ibuprofeno y la aspirina, tienen vínculos con la industria petroquímica.
Por eso, reducir el debate sobre el petróleo al combustible que utilizan los vehículos es quedarse viendo el árbol e ignorar el bosque. Sustituir un automóvil de combustión interna por uno eléctrico no resuelve, por sí solo, la dependencia de la sociedad respecto de los hidrocarburos.
Paradójicamente, las tecnologías llamadas a liderar la transición energética también requieren materiales derivados de los hidrocarburos y utilizan combustibles fósiles en diferentes etapas de su fabricación, transporte e instalación.
Los paneles solares, las turbinas eólicas y las baterías necesitan minería, procesos industriales, cadenas logísticas e infraestructura para llegar a funcionar.
Durante años, e incluso décadas en determinados sectores, el mundo seguirá necesitando petróleo y gas natural.
Reconocer esta realidad obliga a administrar responsablemente esa dependencia y trabajar para reducirla. Negarla conduce a formular políticas sobre una realidad imaginaria.
El voluntarismo no produce energía, no fabrica sustitutos ni garantiza el abastecimiento.
Desconocer estas condiciones puede terminar desacreditando la propia transición energética.
La historia demuestra que ninguna gran transición energética ha significado la desaparición inmediata de la fuente que la precedió.
La leña no desapareció con el carbón, ni este dejó de utilizarse con la llegada del petróleo. De igual manera, el crecimiento de las energías renovables no determina, por sí solo, la desaparición de los hidrocarburos.
Hoy el mundo enfrenta un doble desafío: descarbonizar la economía y garantizar la seguridad energética. Ambos objetivos deben avanzar de manera conjunta. Hay que caminar con los dos pies.
Una transición desordenada, sin suficiente infraestructura, almacenamiento, redes eléctricas y capacidad de respaldo, puede comprometer la confiabilidad del suministro, encarecer la energía y afectar la competitividad.
La seguridad energética es un pilar esencial de la seguridad nacional. Ningún país puede darse el lujo de comprometer el abastecimiento que necesitan los hogares, los hospitales, el transporte y el aparato productivo.
La expansión de las energías renovables debe estar acompañada de sistemas capaces de responder cuando disminuya su generación y de atender aquellos usos que todavía no pueden electrificarse de manera viable.
En Colombia, este debate tiene implicaciones que van mucho más allá del suministro energético. Los hidrocarburos generan divisas, ingresos fiscales y regalías que financian programas sociales e inversiones en los territorios.
Siguen siendo una de las principales fuentes de financiación de la Nación y de las entidades territoriales, para las cuales las regalías representan un soporte fundamental de sus planes de inversión.
Incluso la propia transición energética necesita recursos que, por ahora, el Estado no tiene cómo reemplazar en una escala equivalente.


