Entre acusaciones y realidades: la tormenta internacional que rodea a Petro en los últimos meses

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Por Silverio José Herrera Caraballo

El nombre de Gustavo Petro ha dejado de ser un asunto estrictamente interno para convertirse en tema de debate en los pasillos del poder en Washington.

Lo que antes eran diferencias ideológicas, hoy escalan hacia acusaciones de alto calibre que, aunque graves, deben ser analizadas con rigor para no caer en la trampa de la desinformación o la manipulación política.

El detonante más reciente ha sido la ola de señalamientos provenientes de sectores del Congreso de Estados Unidos, amplificados por medios como NTN24.

En una de estas intervenciones, el congresista Mario Díaz-Balart afirmó que “sabemos la relación del señor Petro con grupos narcoterroristas dentro de Colombia”, sin presentar pruebas públicas que respalden dicha afirmación

Este punto es crucial: A pesar que lo que existe hasta ahora son declaraciones políticas, no condenas judiciales ni evidencias verificadas públicamente (cuando el rio suena… y Petro lo sabe). Sin embargo, el impacto de estas acusaciones no se mide únicamente por su veracidad, sino por sus consecuencias geopolíticas. Y esas consecuencias ya están a la vista.

Las relaciones entre Colombia y Estados Unidos atraviesan uno de sus momentos más tensos en décadas. La administración estadounidense ha llegado incluso a imponer sanciones y a señalar al gobierno colombiano de permitir la expansión del narcotráfico, en medio de un contexto regional marcado por operaciones militares contra estructuras catalogadas como “narcoterroristas”.

A esto se suman declaraciones del propio entorno político norteamericano que sitúan a Colombia, junto a Venezuela, como territorios donde estos grupos han encontrado refugio.

Pero hay que decirlo con claridad: una cosa es el señalamiento político y otra muy distinta una investigación formal con pruebas judiciales. Hasta el momento, no hay evidencia pública que confirme la existencia de una “segunda investigación formal” en Estados Unidos contra Petro por vínculos con narcoterrorismo en los términos en que se ha difundido en redes.

Lo que sí existen son indicios de su complacencia con dictaduras, grupos narcoterroristas (defendidos a través de su fallida paz total) es un ambiente de confrontación política, declaraciones incendiarias de parte y parte y, medidas diplomáticas que reflejan una ruptura profunda entre ambos gobiernos.

Ahora bien, eso no significa que el asunto sea menor o que hay que desconocerse.

El problema de fondo es que el gobierno de Petro ha adoptado posturas internacionales que lo acercan (al menos en percepción) a regímenes cuestionados como el de Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Díaz Canel, al tiempo que ha confrontado abiertamente la estrategia antidrogas de Estados Unidos.

Esa combinación ha generado sospechas, desconfianza y, sobre todo, un terreno fértil para que sus opositores internacionales construyan narrativas que lo vinculan con estructuras criminales.

Aquí es donde entra la crítica legítima. Un jefe de Estado no puede darse el lujo de actuar con ambigüedad en temas tan sensibles como el narcotráfico. En una región históricamente golpeada por este flagelo, cualquier señal de debilidad (real o percibida) es suficiente para encender alarmas internacionales.

Petro, con su discurso de ruptura frente a la política tradicional antidrogas, ha abierto un flanco que hoy está siendo explotado políticamente en su contra.

Pero también sería irresponsable afirmar, sin pruebas, que existe un plan deliberado para perpetuarse en el poder o que enfrenta inminentemente una cárcel en Estados Unidos. Ese tipo de afirmaciones, aunque populares en ciertos sectores, no están sustentadas en hechos verificables a la fecha.

Lo que sí es evidente es otra realidad: Colombia está en medio de una tormenta diplomática y política sin precedentes recientes.

Las acusaciones, las sanciones y el deterioro de relaciones no son un invento. Son hechos. Y esos hechos tienen un denominador común: la creciente desconfianza internacional hacia el rumbo del gobierno colombiano, eso sin dejar de mencionar que el candidato de la izquierda apodado “el heredero” (con justa razón) ha anunciado continuidad y hasta mayor complacencia que Petro al narcoterrorismo en Colombia.

La historia enseña que cuando un país pierde credibilidad en materia de seguridad y cooperación internacional, las consecuencias no tardan en llegar.

No siempre en forma de tribunales, pero sí en aislamiento, presión económica y debilitamiento institucional.

Por eso, más allá de la retórica incendiaria de lado y lado, lo que Colombia necesita hoy es claridad.

Claridad en su política exterior, firmeza en la lucha contra el crimen y, sobre todo, transparencia frente a cualquier señalamiento.

Porque en política internacional, como en la vida, no basta con ser inocente: también hay que parecerlo. Todo lo anterior podrá tener un antes, un después o simplemente pasar de mal a peor el próximo 31 de mayo, la suerte ya está echada y en los colombianos esta la oportunidad de arreglarlo o empeorarlo.