El racismo del siglo XXI: la inclusión que sirve para la foto
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Por Andrés Ochoa
Veeduría en Salud Color Esperanza
Veedor en Derechos Humanos (DD. HH.)
Nos enseñaron que el racismo era el de las cadenas, los grilletes y la esclavitud. Crecimos escuchando que esa era una historia superada. Sin embargo, el siglo XXI demuestra que el racismo puede ser mucho más sofisticado: ya no siempre excluye de manera abierta; ahora también puede incluir, siempre y cuando esa inclusión no represente un verdadero ejercicio de poder.

La historia reciente de Colombia deja una pregunta incómoda que merece ser debatida: ¿de qué sirve romper una barrera histórica si quien la rompe no tiene la posibilidad real de cambiar las cosas?
La elección de Francia Márquez como vicepresidenta fue celebrada dentro y fuera del país como un triunfo para las comunidades afrodescendientes.
Su llegada al segundo cargo más importante de la Nación fue presentada como un símbolo de igualdad, justicia social y reivindicación histórica.
Con el paso de los años, sin embargo, surgió un debate que ningún discurso oficial ha logrado cerrar. Para muchos colombianos, la vicepresidenta proyectó la imagen de una funcionaria con escasa incidencia en las decisiones más importantes del Gobierno.
Esa percepción ha llevado a numerosos ciudadanos a preguntarse si su presencia representó un verdadero ejercicio de poder o si terminó siendo, principalmente, un símbolo político.
Y es ahí donde aparece una de las formas más peligrosas del racismo moderno.
Porque el racismo del siglo XXI no necesariamente consiste en impedir que una mujer afrodescendiente llegue al poder.
También puede manifestarse cuando esa mujer ocupa un cargo histórico, pero el país termina preguntándose si realmente tuvo la autoridad, la autonomía o la capacidad para ejercer plenamente las funciones que ese cargo representa.
No basta con aparecer en la fotografía. No bastan los discursos sobre diversidad. No bastan los aplausos del día de la posesión.
La verdadera inclusión comienza cuando existe capacidad para decidir, liderar, influir y transformar.
Joe Arroyo inmortalizó la lucha de los pueblos afrodescendientes recordando las cadenas de la esclavitud.
Aquellas cadenas desaparecieron hace siglos. Pero hoy existen otras, menos visibles: las del simbolismo político, las de la representación sin autonomía y las de la inclusión utilizada para enviar un mensaje al mundo, mientras el poder continúa concentrado en los mismos espacios de siempre.
La forma más sutil de engañar a un pueblo consiste en hacerle creer que está plenamente representado cuando, en la práctica, esa representación no cuenta con el margen suficiente para incidir en las decisiones fundamentales.
La inclusión deja entonces de ser una herramienta de transformación y se convierte en una poderosa estrategia de comunicación: una imagen que distrae, pero que no modifica las estructuras del poder.
Las expresiones también hablan. Los silencios también comunican. Y la ciudadanía tiene derecho a cuestionar si la promesa de una representación histórica se tradujo en cambios concretos o quedó reducida a una poderosa fotografía política.
La igualdad no se mide por el color de la piel de quien aparece en el escenario. Se mide por la capacidad que esa persona tiene para participar en las decisiones, construir políticas públicas y transformar la vida de quienes depositaron en ella su confianza.
Si la inclusión se limita a llenar una fotografía, un discurso o una campaña política, entonces Colombia no habrá derrotado el racismo.
Simplemente lo habrá revestido con un lenguaje más moderno y una estrategia de comunicación más elegante.
Las cadenas cambiaron de forma. Y esa es, quizás, la reflexión más inquietante que nos deja el racismo del siglo XXI.




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