Donde hierve el sancocho también nace la confianza en Maríalabaja

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Policía Comunitaria y comunidad se unen en una olla que alimenta algo más que el cuerpo: la seguridad y la esperanza.

Maríalabaja, es un territorio donde la vida se abre paso entre contrastes: la riqueza de su tierra, la fuerza de su gente y los desafíos que, como sombras, intentan interrumpir la tranquilidad de sus calles. Pero es también un lugar donde la comunidad ha aprendido que la unión no es solo una palabra, sino una forma de resistir, de reconstruirse y de creer.

Bajo ese espíritu, la Policía Nacional de Colombia, a través del Grupo de Policía Comunitaria y bajo el liderazgo de la gestora de participación ciudadana, patrullera Yaidary Domínguez, encendió el fuego de una iniciativa que fue mucho más que una actividad institucional: una olla comunitaria que reunió a la comunidad de Maríalabaja alrededor de algo esencial, el encuentro.

El humo que se elevaba desde la olla no solo anunciaba la cocción de los alimentos, sino también el inicio de un diálogo. Vecinos que quizás antes solo se cruzaban en silencio, ese día compartieron palabras, miradas y sonrisas. La Policía, lejos de la distancia del uniforme, se sentó al mismo nivel de la gente, escuchando, conversando, construyendo.

“Estos espacios nos permiten acercarnos a la comunidad desde lo humano, fortalecer la confianza y trabajar unidos por la seguridad. Cuando la comunidad y la Policía caminan juntas, los resultados se sienten en cada rincón del territorio”, expresó el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.

Mientras el sancocho burbujeaba lentamente, los niños corrían entre risas, participando en juegos y actividades recreativas que transformaron el entorno en un escenario de alegría. Sus voces, ligeras y libres, contrastaban con cualquier preocupación, recordando que la seguridad también se construye garantizando espacios de felicidad.

Pero no todo fue celebración. Entre cucharones y platos, también hubo palabra. Se desarrollaron campañas preventivas que, como semillas, fueron sembradas en la conciencia colectiva: recomendaciones para prevenir delitos, orientación sobre los canales de denuncia y mensajes claros sobre la importancia de proteger a niños, niñas y adolescentes.

La jornada fue, en esencia, un acto de confianza. Una comunidad que decidió abrirse, y una institución que eligió escuchar. Porque la seguridad, como el sancocho, no se improvisa: requiere tiempo, cuidado, presencia y compromiso.

Al caer la tarde, cuando el fuego comenzó a apagarse y la olla quedó vacía, algo más había quedado lleno: el sentido de pertenencia, la cercanía y la certeza de que no están solos. En Maríalabaja, ese día, no solo se compartió comida; se tejió comunidad, se fortaleció la convivencia y se avivó la esperanza de un territorio más seguro, construido entre todos.