¿Qué pasa en Cartagena? La ciudad donde manejar se volvió una ruleta rusa
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El inicio de 2026 parece estar marcando una preocupante tendencia en Cartagena: los accidentes de tránsito se han vuelto parte del paisaje cotidiano. Cada día hay un choque, un herido, una vía colapsada y, en el peor de los casos, una vida que se apaga. La pregunta es inevitable: ¿qué está pasando en Cartagena y por qué tantos accidentes viales?

Más allá de la falta de control por parte de las autoridades —que sin duda existe—, el problema de fondo parece estar en algo aún más grave: la pérdida de la cultura ciudadana y del respeto por las normas de tránsito. En las calles se conduce como si se estuviera en una competencia, como si cada semáforo fuera una meta y cada vía un circuito donde gana el más atrevido, el más imprudente o el más agresivo.
Motociclistas y conductores de vehículos, en muchos casos, actúan como si fueran invencibles. Adelantan en contravía, se pasan los semáforos en rojo, no respetan la prelación, no usan elementos de seguridad y convierten cada desplazamiento en un acto de alto riesgo.
El resultado es el que hoy estamos viendo: una ciudad donde salir a manejar se parece cada vez más a jugarse la vida.
Lo más preocupante es que ni siquiera existe claridad sobre las cifras reales. A ciencia cierta no se conocen datos oficiales y actualizados sobre cuántas personas han muerto en siniestros viales en Cartagena en lo que va del año. Un dato que circula —sin confirmación oficial— indica que al menos ocho personas habrían perdido la vida en accidentes desde el 30 de diciembre hasta la fecha. Pero no hay un informe público, serio y oportuno que permita saber la verdadera dimensión de la tragedia.
Sin embargo, más allá de las estadísticas, hay una verdad que no se puede maquillar: cada accidente es una historia rota, una familia golpeada y una pérdida irreparable.
Tal vez ha llegado el momento de hacer algo más importante que contar muertos: hacer una reflexión individual y colectiva. Cada conductor, cada motociclista, cada actor vial debe preguntarse cómo está manejando, qué tan responsable está siendo, si realmente entiende que un volante o un manubrio también pueden convertirse en un arma.
¿Se está imponiendo la ley del más fuerte? ¿La del que no da la vía? ¿La del que quiere pasar primero, cueste lo que cueste? En esa lógica perversa, casi siempre los más perjudicados terminan siendo los motociclistas, quienes encabezan las cifras de heridos graves y fallecidos.
La verdad es que no debería importarnos tanto el número como la conciencia. Conducir no es un derecho absoluto, es una responsabilidad enorme. Cada vez que alguien se sube a una moto o a un carro, debería hacerlo con la certeza de que un segundo de imprudencia puede costar una vida —propia o ajena—.
Este 2026 todavía puede ser distinto. Las cifras pueden cambiar, sí, pero solo si cambia la actitud de quienes transitamos las calles. No depende únicamente de los operativos, ni de los comparendos, ni de los retenes. Depende, sobre todo, de cada conductor, de cada peatón, de cada actor vial en Cartagena.
Porque al final, el verdadero problema no es el estado de las vías: es la forma en que estamos decidiendo usarlas.




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