Roy no suma: resta y divide
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En política, no todo el que habla mucho convence. Y no todo el que sabe moverse entre pasillos del poder está preparado para conducir un país.
Roy Barreras quiere ser presidente de Colombia. Y eso, por sí solo, no tendría nada de reprochable en una democracia. El problema no es su aspiración. El problema es la coherencia entre lo que ha sido, lo que representa y lo que hoy pretende vender.
Roy es, ante todo, un hombre del establecimiento político. Un sobreviviente experto. Un estratega del acomodo. Un profesional del cálculo. De esos que siempre caen bien parados sin importar quién gobierne, porque su verdadera lealtad nunca ha sido ideológica, sino personal.
Su trayectoria no suma confianza; acumula preguntas.
Se le reconoce su oratoria, su capacidad de envolver con palabras dulces y argumentos bien elaborados. Tiene labia, inteligencia y oficio. Pero también tiene un pasado lleno de giros, alianzas convenientes y cambios de discurso que dejan la sensación de que no hay una línea clara, sino una ruta diseñada según el viento del momento.
Y eso, en un país cansado de la improvisación política, pesa.
Ahora aparece con consultas, con fórmulas, con ideas que incluyen a Cepeda, que coquetean con Petro como posible vicepresidente, que mezclan discursos de independencia con guiños a viejos poderes. Un enredo político que él mismo ha construido y que podría terminar enredándolo más de la cuenta.
Porque cuando el mensaje no es claro, el electorado desconfía.
Roy no es un desconocido. Por el contrario, lo conocemos demasiado. Sabemos cómo opera, cómo negocia, cómo se mueve. Y justamente por eso, su proyecto presidencial no despierta ilusión, sino escepticismo.
No transmite la sensación de un líder que quiere transformar el país, sino la de un político que quiere seguir vigente.
Y eso no es lo mismo.
Colombia atraviesa un momento en el que la ciudadanía ya no quiere discursos bien adornados. Quiere coherencia. Quiere transparencia. Quiere convicción. Quiere alguien que no parezca estar calculando cada palabra según la conveniencia del día.
Roy Barreras es hábil. Pero la habilidad política, cuando no está acompañada de credibilidad, termina siendo vista como oportunismo.
Al final, su figura no une. Divide. No suma confianza. Resta certezas.
Y en un panorama presidencial donde ya hay demasiadas dudas, lo último que necesita el país es un candidato que aumente la confusión.
Para quienes crean en su proyecto, mucha suerte.
Para el resto, queda la tarea más importante: pensar con serenidad qué tipo de liderazgo necesita Colombia. Porque más que un gran orador, el país necesita un presidente que inspire confianza desde su historia, no solo desde sus palabras.




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