Obesidad: la enfermedad que está cambiando el futuro de nuestras familias
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Por: Dra. Yojana Patiño Jiménez
Médico internista
Certificación SCOPE
La próxima persona que muera por un infarto, un accidente cerebrovascular, una insuficiencia renal o una diabetes complicada probablemente no haya sido víctima únicamente de esas enfermedades. Muy posiblemente llevaba años conviviendo con una condición muchas veces ignorada, minimizada o incluso ridiculizada: la obesidad.
Durante décadas, la sociedad nos hizo creer que la obesidad era simplemente el resultado de comer demasiado o hacer poco ejercicio. Se convirtió en motivo de críticas, burlas y estigmatización. A quienes la padecen se les señaló como personas sin disciplina o sin fuerza de voluntad.
Hoy, la evidencia científica ha desmontado por completo ese concepto.
La obesidad no es un defecto de carácter, no es una falta de disciplina y tampoco es un problema meramente estético. Es una enfermedad crónica, compleja y progresiva que puede alterar el funcionamiento de prácticamente todos los órganos del cuerpo.
La obesidad puede avanzar en silencio
Lo verdaderamente preocupante es que muchas personas no sienten que están enfermas. Se acostumbran al cansancio, a la falta de aire al subir unas escaleras, al dolor en las rodillas, a dormir mal, a los ronquidos intensos o a la elevación progresiva de la presión arterial y del azúcar en sangre.
Mientras tanto, en silencio, la enfermedad puede avanzar.
La grasa corporal no es simplemente un depósito de energía. Es un tejido metabólicamente activo que puede producir sustancias inflamatorias y contribuir a un estado de inflamación crónica.
Esta situación puede afectar diferentes órganos y sistemas, incluyendo el corazón, los vasos sanguíneos, el hígado, los riñones, el cerebro, el páncreas y las articulaciones.
Por eso, la obesidad está relacionada con enfermedades como la diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad coronaria, infarto agudo de miocardio, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica, hígado graso, apnea obstructiva del sueño, síndrome de ovario poliquístico, artrosis y diferentes tipos de cáncer.
El impacto de la obesidad también es emocional
Pero el impacto de la obesidad va mucho más allá de las cifras de una báscula.
También puede afectar la salud emocional. Muchas personas se aíslan, evitan reuniones sociales, dejan de practicar actividades que disfrutan y pueden experimentar ansiedad o depresión como consecuencia del rechazo y la discriminación.
El estigma también pesa.
Por eso es necesario cambiar la manera en que hablamos de la obesidad. No se trata de juzgar a quien la padece, sino de comprender que estamos frente a una enfermedad que requiere prevención, diagnóstico y tratamiento.
Estamos normalizando el exceso de peso
Quizá uno de los fenómenos más preocupantes es que estamos normalizando la obesidad.
Vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas, jornadas laborales prolongadas, estrés constante y pocas oportunidades para realizar actividad física.
Cada vez caminamos menos, dormimos menos y, en muchos casos, comemos peor.
Como consecuencia, estamos observando diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares a edades cada vez más tempranas.
Incluso nuestros niños están creciendo en un ambiente que favorece el exceso de peso. Pasan más tiempo frente a las pantallas que jugando al aire libre, consumen productos altamente procesados desde edades muy tempranas y desarrollan hábitos que pueden convertirse en factores de riesgo para su salud.
La obesidad no aparece de un día para otro
La obesidad no aparece de un día para otro. Se construye lentamente, muchas veces durante años, como resultado de la interacción entre factores genéticos, hormonales, ambientales, psicológicos, económicos y culturales.
Existen personas con una predisposición biológica mayor para desarrollarla. Esto ayuda a explicar por qué dos individuos con hábitos aparentemente similares pueden obtener resultados diferentes.
Precisamente por eso debemos abandonar la idea simplista de que todo se resuelve con “cerrar la boca”.
La medicina moderna entiende que la regulación del peso corporal depende de complejos mecanismos hormonales y cerebrales relacionados con el hambre, la saciedad, el gasto energético y el almacenamiento de grasa.
El tratamiento debe ser integral
Los cambios en la alimentación continúan siendo fundamentales, pero ya no hablamos únicamente de dietas restrictivas que fracasan después de unos meses.
Hablamos de construir hábitos sostenibles para toda la vida, acompañados de actividad física regular, sueño reparador, manejo del estrés y apoyo psicológico cuando sea necesario.
Además, en los últimos años la medicina ha avanzado significativamente con nuevos medicamentos que actúan sobre mecanismos relacionados con el apetito y la saciedad.
Estos tratamientos, cuando están indicados y son utilizados bajo supervisión médica, pueden contribuir al manejo del peso y a mejorar diferentes condiciones asociadas a la obesidad.
No son soluciones mágicas, pero sí pueden ser herramientas valiosas para determinados pacientes cuando están correctamente indicadas.
En algunos casos, la cirugía bariátrica continúa siendo una alternativa efectiva para pacientes con obesidad severa y enfermedades asociadas, siempre después de una valoración médica integral.
La prevención sigue siendo fundamental
Sin embargo, ningún medicamento ni procedimiento podrá reemplazar el valor de la prevención.
Necesitamos familias que aprendan nuevamente a cocinar y elegir mejor sus alimentos; colegios que promuevan la actividad física; ciudades con espacios seguros para caminar y montar bicicleta; empresas que comprendan la importancia del bienestar de sus trabajadores y sistemas de salud que inviertan más en prevenir que en tratar complicaciones.
Una realidad que veo todos los días
Como médico internista veo todos los días las consecuencias de esta enfermedad.
Pacientes jóvenes con infartos, adultos que requieren diálisis por insuficiencia renal, personas con amputaciones asociadas a complicaciones de la diabetes y familias enteras enfrentando enfermedades que, en algunos casos, pudieron haberse prevenido o detectado oportunamente.
La obesidad no distingue edad, profesión ni condición económica. Puede tocar la puerta de cualquier hogar.
Pero también es cierto que nunca habíamos tenido tanto conocimiento científico para combatirla.
Cuidar el peso es cuidar la vida
La decisión comienza mucho antes de que aparezca la enfermedad.
Comienza cuando elegimos movernos un poco más, comer un poco mejor, dormir adecuadamente, enseñar hábitos saludables a nuestros hijos y entender que cuidar nuestro peso no significa perseguir un cuerpo perfecto.
Significa proteger nuestro corazón, nuestro cerebro, nuestros riñones y nuestra posibilidad de vivir más y mejor.
La obesidad es una de las enfermedades crónicas más importantes de nuestro tiempo, pero el silencio no puede seguir siendo nuestra respuesta.
Informarnos, prevenir y actuar es una responsabilidad compartida.
Porque detrás de cada kilo ganado no solo puede estar aumentando una cifra en la báscula; también puede estar creciendo el riesgo de perder años de vida.
Y esa es una realidad que, como sociedad, ya no podemos seguir ignorando.




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