¡¡¡¡¡¡ Nos quitaron el mar…!!!!!

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Por Humberto Rodríguez Puente
Expresidente de la Sociedad de Mejoras Públicas
Exalcalde de Cartagena
Exgobernador de Bolívar

Me duele profundamente lo que está ocurriendo con nuestras playas y con nuestro mar. Me duele todavía más saber que se anuncian $85.000 millones para una obra que, en lugar de devolverle espacio a Cartagena, parece empeñada en quitárselo.

Nos están poniendo piedras delante de los ojos, piedras que nos roban la playa, nos cortan el horizonte y terminan compitiendo con las propias murallas que durante siglos han sido el orgullo de nuestra ciudad.

Y lo digo con toda claridad: no estoy de acuerdo con que la solución para defender a Cartagena sea seguir echándole piedras al mar.

No puede ser que, para proteger unas murallas, terminemos destruyendo aquello que también hace parte de la identidad de Cartagena: sus playas, su horizonte, sus atardeceres y ese mar que siempre hemos sentido como nuestro.

Durante más de cuarenta años, los espolones cumplieron su función. Allí están las playas que protegieron; allí está la memoria de quienes los vimos funcionar.

¿Por qué no se estudiaron seriamente alternativas para hacerlos más grandes, más robustos y adecuados a las nuevas condiciones? ¿Por qué, antes de llenar la costa de roca, no se volvió a mirar lo que funcionó durante décadas?

No hablo de esto desde la distancia. Participamos hace muchos años en los estudios que dieron origen a aquellos espolones, con la colaboración de la Universidad Nacional y bajo la dirección de Jan Botagiccio. Se construyó una maqueta a escala para estudiar las corrientes marinas que vienen desde Bocas de Ceniza, pasan frente a Cartagena y terminan su recorrido hacia Bocachica.

José Vicente Mogollón conoció y colaboró con ese trabajo y puede dar testimonio de ello.
Por eso pregunto, y lo pregunto sin rodeos: ¿dónde están los estudios que demostraron que había que hacer esta enorme enrocada?

¿Dónde están los estudios que explican por qué esta era la mejor solución? ¿Dónde está la evaluación del daño que se le está causando a las playas y al paisaje?

Porque aquí no estamos hablando solamente de piedras y cemento. Estamos hablando de una parte de Cartagena que no se puede reconstruir fácilmente cuando se destruye.

Lo que más me duele es ver cómo, mientras hablamos de proteger la ciudad, podemos terminar perdiendo aquello que precisamente queremos proteger.

¿De qué sirve defender unas murallas si, para hacerlo, terminamos quitándole a Cartagena el mar que siempre ha estado frente a ellas?

Yo quisiera que quienes toman estas decisiones caminaran por estas playas y miraran lo que está pasando con sus propios ojos. Que recordaran cómo era Cartagena antes de que aparecieran estas enormes cantidades de roca. Que entendieran que una ciudad no se defiende únicamente con obras de ingeniería: también se defiende protegiendo su paisaje, su memoria y aquello que la hace diferente de cualquier otra ciudad.

Y quiero hacer una pregunta que considero inevitable: ¿quién va a responder por el daño que se le está ocasionando a Cartagena si después se demuestra que esta no era la solución adecuada?

Los $85.000 millones son muchísimo dinero. Antes de gastarlos, Cartagena merece tener absoluta claridad sobre qué se va a hacer, por qué se va a hacer y cuáles serán las consecuencias. No podemos permitir que, dentro de unos años, tengamos que preguntarnos por qué nadie escuchó las voces que advirtieron lo que hoy estamos viendo.

Si nos equivocamos, todavía estamos a tiempo de corregir.

Porque el mar no se puede reemplazar. Una playa que desaparece no se recupera simplemente con una nueva obra. Y un horizonte que se pierde detrás de toneladas de roca no vuelve porque después alguien reconozca que se tomó una mala decisión.

Yo todavía recuerdo a nuestros niños caminando por esas playas, jugando con la arena, sintiendo las caricias del mar, acompañados por las gaviotas y por sus sueños.

Ese recuerdo no puede convertirse en la única forma de conocer las playas que tuvimos.

Cartagena merece ser defendida, sí. Pero defender Cartagena no puede significar quitarle el mar.