Gasolina más barata: menos debate político y más alivio para el bolsillo

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Por José Luis Donado Rangel
Comunicador social y periodista. Especialista en Gerencia de la Comunicación Organizacional.

Durante meses, el debate sobre el precio de la gasolina en Colombia se ha quedado atrapado en una pelea política estéril: quién lo subió, quién lo heredó y quién tiene la culpa. Sin embargo, hoy esa discusión empieza a perder relevancia frente a un hecho que sí debería importarnos como ciudadanos: por primera vez en varios años, el país se encamina hacia una disminución controlada del precio de la gasolina, con efectos positivos reales sobre la economía de los hogares.

No se trata de negar decisiones pasadas ni de idealizar gobiernos. Seguramente, las medidas adoptadas en su momento no fueron las mejores o no se comunicaron de la mejor manera. Pero insistir únicamente en el pasado no resuelve el problema presente ni mejora la vida cotidiana de los colombianos. Lo verdaderamente relevante ahora es lo que viene.

El Gobierno Nacional ha anunciado su intención de reducir gradualmente el precio de la gasolina, una vez se estabilicen las cuentas del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC) y se complete el proceso mediante el cual la gasolina dejó de subsidiar al diésel. Este punto es clave y suele pasar desapercibido: durante años, el precio de la gasolina terminó absorbiendo el déficit generado por mantener artificialmente bajo el precio del ACPM, lo que encareció el combustible que más usan las familias.

Cuando la gasolina deja de cargar con ese peso, se abre la puerta a un ajuste a la baja. Así lo explicó Sergio Cabrales, profesor y experto en economía de los hidrocarburos, en entrevista con Julio Sánchez Cristo en Caracol Radio. Según Cabrales, hoy existe un margen técnico que permitiría reducciones progresivas de entre mil y dos mil pesos por galón, siempre que se mantenga la disciplina fiscal y no se regrese al esquema de subsidios cruzados que distorsionó el mercado durante años.

Este análisis introduce un elemento fundamental al debate: la reducción no sería improvisada ni populista, sino el resultado de un ajuste estructural que busca corregir desequilibrios acumulados en el sistema de precios de los combustibles.

El impacto de esta decisión va mucho más allá de quienes tienen carro o moto. La gasolina incide directamente en los costos de transporte, distribución y logística. Cuando el combustible baja, se reduce la presión sobre los precios de los alimentos, el mercado y los bienes básicos. Es decir, la canasta familiar también respira. No de forma inmediata ni milagrosa, pero sí de manera gradual y sostenida.

Para los opositores del Gobierno, esta política puede interpretarse como una decisión con tinte electoral de cara a las presidenciales. Es una lectura válida dentro del juego político. Sin embargo, incluso bajo ese escenario, el análisis no puede quedarse en la intención sino en el resultado. Y el resultado, si se ejecuta con responsabilidad, es un alivio concreto para millones de hogares colombianos.

En un país donde cada peso cuenta, donde hacer mercado se ha convertido en una preocupación constante y donde el transporte impacta toda la economía doméstica, una reducción controlada del precio de la gasolina no es un triunfo ideológico: es una buena noticia económica.

Más que buscar culpables o reescribir la historia, el debate debería centrarse en cómo consolidar este alivio sin poner en riesgo las finanzas públicas ni repetir errores del pasado. Al final, lo que realmente importa no es quién gana la discusión política, sino quién gana en la vida real: las familias colombianas.