Cuando la calle deja de ser segura para el peatón
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Cada vez que una persona sale de su casa para caminar por las calles de Cartagena debería tener la tranquilidad de que regresará con vida.
Sin embargo, esa tranquilidad parece haberse convertido en un privilegio y no en un derecho.
La muerte de una mujer en el barrio El Socorro, tras ser atropellada por un motociclista mientras cruzaba la vía, no es un hecho aislado.
Es el reflejo de una realidad que durante años se ha venido normalizando: para muchos conductores, especialmente algunos motociclistas, el peatón simplemente no existe.
Basta recorrer cualquier sector de la ciudad para comprobarlo. Motocicletas circulando por los andenes, adelantamientos temerarios, exceso de velocidad, irrespeto por los semáforos y maniobras que ponen en riesgo no solo la vida de quienes conducen, sino también la de quienes simplemente caminan.
Lo más preocupante es que esta conducta parece haberse convertido en paisaje. Nos acostumbramos a ver motos invadiendo espacios destinados a los peatones y ocupando carriles completos mientras esperan pasajeros. Frente al Centro Comercial La Plazuela, por ejemplo, la vía hacia El Socorro es una muestra permanente del desorden que afecta tanto la movilidad como la seguridad.
También son frecuentes los casos en los que un motociclista golpea un vehículo, causa daños y desaparece sin asumir responsabilidad. Pero cuando ocurre lo contrario, las exigencias de reparación aparecen de inmediato.
La responsabilidad en las vías no puede ser selectiva; debe ser igual para todos.
Esta no es una crítica contra quienes encuentran en la motocicleta el sustento para sus familias. El trabajo digno siempre será respetable. Lo que resulta inaceptable es que algunos conviertan ese derecho en una licencia para incumplir las normas y poner en peligro la vida de los demás.
Las autoridades también tienen una responsabilidad que no pueden seguir aplazando. El DATT debe fortalecer los controles, pero no limitarse únicamente a imponer comparendos o inmovilizar vehículos.
La educación vial, la pedagogía y la presencia permanente en las calles son herramientas igual de necesarias para cambiar una cultura de irrespeto que se ha arraigado durante años.
Y cuando la pedagogía no sea suficiente, entonces sí debe aplicarse todo el peso de la ley. Porque las normas existen para proteger vidas, no para llenar estadísticas.
Cartagena necesita recuperar el respeto por el peatón. Una ciudad donde caminar implique jugarse la vida es una ciudad que ha perdido el rumbo.
Ningún afán, ninguna carrera por conseguir un pasajero y ningún minuto ganado en una vía valen más que una vida humana.




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